La Catedral
En sus inicios fue de adobe y madera; más tarde
se hizo más fuerte y maciza, con un estilo que se ha señalado como
gótico-mudéjar, que se deja ver ya en su fachada. Situada, claro está, como
edificio principal en la Plaza Grande, uno de sus atractivos exteriores para
muchos entendidos está en el pretil que da sobre esta plaza y en la simetría de
las piedras del arco o templete de Carondelet.
Pero la desigual topografía sobre la que se
asienta la ciudad ya muestra aquí su injerencia y determinación.
Los especialistas señalan cómo el atrio corredizo
no sólo fue una solución para ese difícil terreno, sino que ayudó en los planes
evangelizadores de los primeros misioneros para reunir a la feligresía antes de
entrar al templo.
Por otro lado, la catedral que hoy conocemos es
el resultado de diversas aportaciones a lo largo del tiempo. Julio Pazos
Barrera detalla esta evolución de su trazado:
«Los cimientos y una parte de los muros son
construcciones del siglo xvi. El plano general
muestra tres naves separadas por pilares y arcos apuntados.
Hacia el lado sur se abren algunas capillas. El
lado norte es una sola pared. La puerta principal no da a la plaza de la
Independencia. Sin embargo un amplio atrio y un domo con una escalinata
circular comunican la puerta lateral del edificio con la plaza. Junto a la
puerta principal se levanta un voluminoso campanario, que culmina en una
curiosa ornamentación edificada en el siglo xx».
Es evidente que toda la distribución del edificio
está concebida según las irregularidades del terreno. De hecho, la mayor parte
de los materiales vienen de las canteras del cercano Pichincha.
La gradería en abanico y las puertas completan un
conjunto arquitectónico que luego, en su interior, indica ya la riqueza y
belleza de un estilo que quedó inscrito en el arte religioso del mundo.
Interior de la catedral de Quito
Dentro de sus tres naves, la central es más
amplia. Sin duda, en su interior se evidencian los resultados de ese mestizaje
que, aunque obligado, había comenzado a cuajar en expresiones artísticas que
engrandecieron la ciudad y le dieron prestigio universal.
El artesonado de madera de cedro de sus techos
recuerda la riqueza del conjunto. Los retablos con sus tallas, las pinturas
murales y otros ornamentos de indudable belleza configuran un entorno rico y
sugestivo. Julio Pazos Barrera lo describe con las siguientes
palabras: «el coro bajo es semicircular y en su parte inferior se han adosado
asientos tallados y dorados que los ocupan los miembros del cabildo diocesano.
El púlpito y los retablos de las capillas son barrocos. Guarda la catedral
frescos de Bernardo Rodríguez y Manuel Samaniego. La gran pintura de la
Asunción de la Virgen, ubicada en la parte alta del coro, es obra de Samaniego,
y en un altar del trascoro se exhibe la singular escultura de la Sábana Santa
de Caspicara».
A estas piezas, obra de los artistas más connotados
del arte quiteño, cabe sumar aquella que realizó el padre Carlos, La
negación de San Pedro. Sin duda, en esta y en las demás creaciones
citadas se pone de manifiesto el alto grado de sofisticación y belleza que
había alcanzado el arte quiteño, resaltando las cualidades de sus grandes
maestros y el nivel artístico insuperable a que habían llegado las artes
plásticas en Quito.
Del mismo modo, destaca la riqueza artística de
las capillas de la catedral con sus respectivos altares.
Capillas de la catedral
Según fuera la devoción que se venerara en una
iglesia, había capillas alusivas en las naves laterales o adosadas al templo
principal. En este contexto, conviene destacar a los artistas que, según sus
afectos religiosos, dedicaban parte de su obra y de sus bienes a su santo
preferido. Todo ello, sumado a los encargos que recibían en el mismo sentido,
aumentaba la importancia de las capillas.
La aparición de las cofradías devotas artesanales
—de clase o de profesión— y el surgimiento de los benefactores permitieron que
esas capillas se enriquecieran y crecieran en número. De hecho, sus promotores
las costeaban, aun con sumas fijas, a lo largo de muchos años.
Además, se hizo muy común entre las familias
principales del lugar, o entre los más destacados personajes de un oficio, que
sus tumbas estuvieran en los templos más importantes de las ciudades, en las
capillas de sus cofradías, o en las iglesias de su devoción, con reconocimiento
de gastos por ello. Es así como la catedral de Quito cuenta con dos capillas:
el Altar de las Almas y la de Santa Ana, dedicada esta última a la madre de la
Virgen.
El prócer más importante de la independencia
ecuatoriana, el mariscal Antonio José de Sucre, está sepultado aquí en una tumba
que ocupa uno de los costados centrales de la catedral.
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